Los sorprendentes orígenes del Neoconservadurismo
Existen dos versiones (no necesariamente opuestas) de cómo se inventó el término “neoconservador.” La primera es que fue inventado por ciertos demócratas para definir (y deslegitimar) a antiguos compañeros cuyas ideas habían cambiado, impulsándoles hacia las filas del conservadurismo. La paternidad de la segunda sería de los propios neoconservadores, quienes quisieron destacar así la novedad - temporal y conceptual - de sus creencias conservadoras. En cualquier caso, lo que ambas versiones demuestran es que estamos ante una ideología que atravesó en un momento dado la frontera imaginaria que divide la izquierda de la derecha. ¿Por qué y cómo ocurrió esto?
Irving Kristol, el intelectual fundador y editor de la influyente revista The Public Interest, es considerado uno de los fundadores del neoconservadurismo y ha escrito largamente sobre el tema (destacando su libro de 1995, Neo-Conservatism. The Autobiography of an Idea). Su famosa definición de un neoconservador es la de un “liberal atracado por la realidad.” El atraco ocurrió hacia finales de los años 60. Kristol y los demás integrantes de la primera generación de neoconservadores habían sido liberales hasta entonces, es decir se identificaban más bien con las ideas del Partido Demócrata, aun cuando sus orígenes intelectuales pudiesen echar raíces incluso en el trotskismo. Pero dos rechazos, uno a una evolución interna a los EEUU y otro a otra internacional, les empujaron hacia el neoconservadurismo.
El rechazo interno fue contra la tolerancia liberal hacia la revolución sexual, el consumo de drogas, el pacifismo y, en general, la “contracultura” de los jóvenes de la época. Los neoconservadores se identificaban con los ideales del New Deal de Franklin Roosevelt y defendían que el Estado fuese responsable de la protección de los más desfavorecidos social y económicamente, seguramente porque ellos mismos tenían orígenes sociales modestos y habían vivido las privaciones de la Gran Depresión en primera persona (Kristol, por ejemplo, quien nació en 1920). Sin embargo, este liberalismo se combinaba con una fuerte moralidad que les impedía aceptar que sus hijos se viesen tentados por vidas promiscuas o de consumo de drogas.
La evolución externa fue el rechazo al “deshielo” de la Guerra Fría, por causa de su visceral anticomunismo. Los Estados Unidos encarnaban en su mente el mejor sistema político del mundo y su obligación era la de promover activamente su democracia y libertad por todo el mundo (quizá se reflejen aquí los orígenes trotskistas de algunos neoconservadores). Se oponían moralmente a un realismo político que estuviese dispuesto a convivir con el comunismo, la antítesis del sueño americano. La suya era y es una visión muy moralizada del ejercicio del poder en un mundo en el que se enfrentan las fuerzas del bien y del mal. Esta visión les impulsa a querer crear un mundo nuevo a imagen de las virtudes norteamericanas, opuesto a otro antiguo, corrupto, maquiavélico y cínico. Tal ideología ha encajado bien con la visión tradicional de los fundadores de la nación norteamericana y sus esfuerzos por distanciarse de la “corrupta Europa.” Ha sido descrita alternativamente como de “Wilsonianismo duro” (es decir, idealista pero no multilateralista) o de “realismo ideológico.”
Dos de los referentes del neoconservadurismo han sido políticos demócratas, pese a que hoy los integrantes de la segunda generación de neoconservadores sean prácticamente todos republicanos. El primero es el Presidente Harry Truman, cuyo idealismo y defensa de los valores esenciales de EEUU son interpretados como la base sobre la que se fraguó el inicio de la Guerra Fría y gracias a los que se salvó a Berlín Occidental, Japón o Corea del Sur. El otro fue un contemporáneo de la primera generación de los neoconservadores y maestro de la segunda (nacidos ya en los años 40 y 50): el Senador demócrata por Washington Henry “Scoop” Jackson (muerto en 1983). Jackson, muy ligado a la industria de armamentos y a veces descrito como el “Senador de Boeing”, pero también referente del movimiento sindical, era un anticomunista convencido enemigo de cualquier tipo de apertura hacia la Unión Soviética y opositor acérrimo de Henry Kissinger.
La segunda generación de neoconservadores se especializó en política exterior en parte porque sus ideas contrarias a la tolerancia liberal de los años 60 se convirtieron rápidamente en elementales dentro del Partido Republicano. Sin embargo, su moralismo, idealismo y militarismo chocaron con los conservadores más pragmáticos y realistas de dicho partido. En particular, los años 70 estuvieron generalmente caracterizados por el realismo de las administraciones de Nixon (con su apertura hacia China y el final de la guerra de Vietnam), Ford y, sobre todo, Carter. Aún así, el mensaje neoconservador se hizo escuchar, aunque fuese desde los márgenes. El mejor ejemplo es el del “Equipo B” creado en 1976, con Donald Rumsfeld como Secretario de Defensa y Geoge W. Bush (padre) como jefe de la CIA, para dar una segunda opinión sobre unas proyecciones de la CIA en relación a la amenaza nuclear soviética. El informe final de dicho equipo describió a la Unión Soviética – en una época, recordemos, de deshielo - como una potencia expansionista ante la que era necesario alcanzar imperativamente la superioridad estratégica. Entre los integrantes del equipo estuvo ya Paul Wolfowitz, el neoconservador más relevante en la Administración actual. Wolfowitz ya había estado, desde 1973, involucrado y, en gran medida, opuesto a las negociaciones de los acuerdos de desarme SALT.
La llegada de Reagan al poder, tras los desastres en política exterior en Irán y Afganistán de la época Carter, supuso para los neoconservadores la implantación de una política exterior relativamente afín. Además, empezaron a obtener puestos de responsabilidad política en los Departamentos de Defensa y Estado. Perle fue Under Secretary of Defense for Policy (nº 3 del Departamento) y Wolfowitz primero tuvo el prestigioso puesto de Jefe del Policy Planning Staff del Departamento de Estado (1981-1982) y luego fue Assistant Secretary of State for East Asian and Pacific Affairs (1982-1986). La experiencia de los más destacados neoconservadores debe ser muy tenida en cuenta. Wolfowitz, por ejemplo, ha trabajado para todas las administraciones norteamericanas desde Nixon hasta ahora, salvo la de Clinton. Su larga experiencia en la Administración y su maña negociadora explican parte de su éxito para imponer sus tesis dentro de las luchas burocráticas habituales en un Gobierno.
El final de la Guerra Fría supuso para los neoconservadores ante todo la duda de quién sería a partir de entonces el enemigo: ¿qué fuerzas se iban a oponer a la preeminencia americana en el mundo y a la exportación de su modelo de democracia y libertad? Su labor, también, fue oponerse al reflejo aislacionista que caracteriza a la corriente más tradicionalmente conservadora del Partido Republicano. Su compromiso para transformar el resto del mundo era irrenunciable.
La Administración de Bush padre demostró ser mucho menos afín que la de Reagan a las ideas neoconservadoras, promoviendo el Secretario de Estado James Baker y el Consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft un realismo de equilibrio de poderes heredado de Kissinger y del Concierto Europeo del siglo XIX. El evento decisivo para los neoconservadores de la época fue la primera guerra del Golfo y, sobretodo, la decisión, respaldada por el Secretario de Defensa Richard Cheney, de no entrar en Bagdad y deponer a Sadam Husein. La idea que se podía convivir con el régimen de Sadam simplemente conteniendo su amenaza y, en efecto, manteniéndolo, fue el ejemplo paradigmático de la amoralidad del realismo al que se oponía, por ejemplo, Wolfowitz, que en esa época era Under Secretary of Defense for Policy y, por lo tanto, vivió la decisión en primera persona. El “containment”, término básico de la ideología de la Guerra Fría inventado por Kennan para describir la estrategia de contención a desarrollar contre el imperialismo soviético, se podía justificar contra un Estado nuclear de la talla de la Unión Soviética. Pero no con un pequeño y agresivo Estado como Irak, rendido ya prácticamente al Ejército norteamericano. El abandono a su suerte de las minorías chiíes y kurdas tras alentar su sublevación agravó aún más la decepción de los neoconservadores que vieron en la decisión de Bush padre una gravísima dejación de las responsabilidades norteamericanas. Hasta tal punto que ciertos neoconservadores como John Woolsey o Robert Kagan decidieron apoyar la campaña presidencial de Clinton en 1992.
No cabe la menor duda de que la religión judía de muchos de los neoconservadores (Kristol, Wolfowitz, Perle, Kagan, Feith etc.) ha contribuido a sus creencias ideológicas. Sus referencias históricas están evidentemente marcadas por la Segunda Guerra Mundial y por la estrategia de apaciguamiento de las potencias europeas hacia Hitler. El tratado de Munich de 1938 es recordado como un acto de cobardía que no sólo agravó la guerra subsiguiente, sino que además contribuyó al Holocausto (en su mente, sin Tratado de Munich y con un ataque preventivo contra Alemania en 1938 o incluso antes, no habría habido Holocausto). Las amenazas a la seguridad internacional deben, por lo tanto, ser neutralizadas incluso a través de ataques preventivos, antes de que se agraven. A este respecto, también es importante subrayar cómo los neoconservadores se han distinguido por deslegitimar a sus adversarios políticos acusándoles de “antisemitismo.” Un ejemplo en la política interna fue ataque en estos términos dirigido contra Patrick Buchanan, representante del ala más tradicionalmente conservador (paleo-conservador en expresión de algunos) del Partido Republicano, durante su campaña fallida para las primarias republicanas de 1996. Las acusaciones de un antisemitismo resurgente en Europa lanzadas en 2002 en relación con las críticas europeas contra el gobierno de Sharon deben, sin duda, leerse en este mismo contexto. Las simpatías de muchos neoconservadores hacia el Partido Likud en Israel y sus posiciones son bien conocidas.
El documento que marcaría la pauta del pensamiento neoconservador durante los años 90 fue redactado en 1992 por Wolfowitz y Lewis “Scooter” Libby (también destinado entonces en el Departamento de Defensa). Un borrador, filtrado por el New York Times, cayó como una bomba sobre las conciencias de aquellos que, tras el final de la Guerra Fría, querían que su sociedad se beneficiase de los dividendos de la paz y proponían la reducción de las responsabilidades militares de los EEUU en el extranjero. El Senador demócrata Joseph Biden, gran experto en política exterior, lo describió como una recomendación para “literalmente, una Pax Americana.” Se trataba de los Defense Policy Guidelines (DPG) cuyo borrador inicial, tras la polémica suscitada, fue ampliamente moderado. Lo que pedían los DPG en su versión filtrada era que los EEUU mantuviesen su preeminencia militar sobre Eurasia, impidiendo la ascensión de cualquier otro rival, y el fomento de una política de ataques preventivos contra estados sospechosos de estar desarrollando armas de destrucción masiva (ya se mencionó entonces la posibilidad de una nueva campaña contra Irak). Predecía, también, un mundo en el que las intervenciones norteamericanas en el extranjero, unilaterales o en coalición, serían constantes. Ni siquiera mencionaba a la ONU apenas un año después de que la Guerra del Golfo se hubiese ejecutado bajo mandato de su Consejo de Seguridad. Diez años después, en 2002, el National Security Strategy of the United States, documento que establece las líneas estratégicas oficiales norteamericanas, hacía suyo los conceptos de un “internacionalismo distintamente americano,” de ataques preventivos y de un gasto militar imbatible, aunque también mostrara una predisposición favorable a trabajar bajo el mandato de la ONU.
Los DPG son un buen ejemplo de cómo los neoconservadores han conseguido ejercer su influencia. Éstos son individuos eminentemente intelectuales que plantean sus batallas por el poder como una lucha entre ideas. Hemos señalado ya los perfiles-tipo de los neoconservadores: intelectuales, profesores, investigadores, columnistas de opinión, editores, incluso abogados. Merece la pena destacar también quiénes no son. No son militares de carrera, no son empresarios o directivos de empresa y, sobre todo, no son políticos electos. Las carreras políticas de la mayoría de los neoconservadores, cuando las han tenido, se han centrado en los pasillos de poder de Washington; no son políticos que se enfrenten a sus electores, que deban justificar su actuación ante potenciales votantes. Ellos no se encargan de ganar elecciones; asesoran a los candidatos y se integran en la administración una vez éstas han sido ya ganadas. Como veremos más adelante, este “enclaustramiento” es seguramente su mayor debilidad a medio-plazo.
Sin embargo, qué duda cabe de que han sido excelentes hacedores de opinión. Aparte de documentos oficiales como los DPG, han conseguido influir en la opinión norteamericana a través de básicamente dos canales: los think-tank y los artículos de opinión de distintos medios norteamericanos.
El mejor ejemplo de un think-tank al servicio de las ideas de los neoconservadores es el Project for the New American Century (PNAC). Creado en 1997 y centrado en temas de relaciones internacionales, ha desarrollando su influencia publicando cartas abiertas a Presidentes firmadas por personalidades de gran relevancia, no necesariamente neoconservadoras, e informes. De esta manera, se ha convertido en una plataforma de expresión que agrupa a distintas corrientes republicanas dentro de un marco neoconservador. Su carta de intenciones defiende la idea de “moldear un nuevo siglo favorable a los principios e intereses norteamericanos” mientras establece cuatro objetivos principales: aumentar considerablemente el gasto militar; fortalecer los lazos con los aliados democráticos y retar a los regímenes opuestos a sus intereses y valores; promover en el extranjero la causa de la libertad política y económica; y aceptar la responsabilidad del papel único de los EEUU para promover un orden afín a sus principios.
El PNAC es el think-tank más manifiestamente neoconservador. Sin embargo, hay otros que albergan analistas o directivos adscritos a las tesis neoconservadoras. El principal de entre ellos es el American Enterprise Institute for Public Policy Research (AEI), creado en 1943 y con más de 50 investigadores a tiempo pleno en la actualidad. Sus áreas de interés se centran en la política económica, la política exterior y de defensa y los estudios políticos y sociales. Los investigadores del AEI más claramente neoconservadores son Irving Kristol, Richard Perle, Lynne Cheney (esposa del Vicepresidente Richard Cheney), Michael Ledeen y David Wurmser. El AEI es a menudo elegido como lugar para dar importantes discursos de política exterior. El Presidente Bush dio uno el pasado febrero sobre el futuro de la democracia en Irak y la reforma política de Oriente Próximo. El pasado abril, el antiguo líder republicano Newt Gingrich dio otro en el que lanzó un durísimo ataque contra el Departamento de Estado por su actitud defensiva y timorata durante los meses contiguos a la guerra en Irak, idea muy querida por los neoconservadores del Departamento de Defensa.
Entre las publicaciones neoconservadoras, la mayor influencia ha sido ejercida por las editoriales y artículos de opinión del Wall Street Journal y por el Weekly Standard. Éste está editado por William Kristol, hijo de Irving, quien ya fundara otra influyente revista, The Public Interest, en 1955, antes de su conversión al neoconservadurismo. Finalmente, habría que resaltar la revista Commentary, publicada por el Comité Judío Americano y editada durante largo tiempo por Norman Podhoretz. Todas estas publicaciones han tenido, en general, un enfoque internacional que se ha visto ahondado desde el 11-S.
El futuro de los neoconservadores
La política marcada por el Presidente Bush desde el 11-S ha tenido una marcada impronta neoconservadora. La Guerra contra el Terrorismo (la “IV Guerra Mundial” en palabras de Eliott Cohen, la tercera siendo la Guerra Fría), el Discurso sobre el Estado de la Nación de 2002 en el que se definió el famoso “eje del mal,” el National Security Strategy de 2002 y, sobretodo, la invasión de Irak, han sido testimonios de una creciente influencia neoconservadora. Su visión maniquea y moralizadora del mundo se ha adaptado muy bien a las creencias y necesidades de un Presidente Bush ansioso por vislumbrar un orden intelectual en un mundo que el 11-S amenazó con derrumbar bajo sus pies. Los neoconservadores han transmitido a Bush la idea de que el enemigo es, evidentemente, el terrorismo y, además, la falta de democracia y libertad en las sociedades donde nace. Para luchar contra el terrorismo y su posible uso de armas de destrucción masiva se debe estar dispuesto a “cambiar regímenes” a través de ataques preventivos y a promover la libertad y la democracia allá donde falten. Sin embargo, la pregunta que nos debemos de hacer ahora es: ¿hasta qué punto es sostenible esta influencia neoconservadora?
¿En qué se equivocaron los neoconservadores que manejaron la política exterior estadounidense y la planificación de la invasión a Irak? . En primer lugar, como afirma el propio Francis Fukuyama, sucumbieron a la ilusión de que la hegemonía benevolente sería acogida positivamente allende las fronteras.
En segundo lugar, se fiaron excesivamente de su capacidad de alcanzar sus objetivos mediante una acción unilateral. En tercer lugar, suscribieron una doctrina de la acción preventiva dependiente, en mayor grado de lo posible, del conocimiento del futuro. Y, por encima de todo, no supieron ver los riesgos de la democracia en el Gran Oriente Medio; esto es, que Irak podría fragmentarse o que los islamistas podrían ganar las elecciones.
Hay que decir que Fukuyama no es el primer partidario de la guerra que se arrepiente. Por otra parte, hace tiempo que los intervencionistas progresistas, que justificaban el derribo de Saddam por razones humanitarias, mordieron el polvo.
Sea como fuere, el de Fukuyama es el giro más oportuno y tempestivo que coincide además con un perceptible cambio de talante social. La decepción por la cuestión iraquí ha empezado a permear la en otro tiempo tierra fértil leal a Bush, del norteamericano medio.
Lo peor de todo es que todos aquellos que desde el principio se opusieron a la guerra de Irak ahora se ven justificados, por dudosos y problemáticos que pudieran ser sus argumentos. Y así es como retrocedemos apresuradamente al error de partida de la izquierda democrática, que dice que es preferible dejar que los tiranos se agarren al poder a mancillar y corromper la república con la mancha del imperialismo.
El primer error fue prescindir de una perspectiva realista. No captaron, sobre todo, las implicaciones de derribar y borrar del mapa a Saddam en el contexto del equilibrio de poder de Oriente Medio. Kissinger tenía razón al decir, a propósito de la guerra Irán-Irak: "¡Qué lástima que no resulten ambos perdedores!".
EE.UU., al librarse de Saddam, ha propiciado sin caer en la cuenta la victoria tardía de Irán. Y ahora nos enfrentamos con la posibilidad de que el futuro político de Irak se decida en Teherán... Washington se ve reducido a negociar con los iraníes justamente sobre esta cuestión.
En segundo lugar, ha mediado una lastimosa ausencia de conocimiento y visión histórica. Demasiada gente en Washington comulgó con la idea de que la reconstrucción de Irak en la fase de la posguerra se asemejaría a la reconstrucción de la Polonia poscomunista. Nadie prestó atención a las dificultades que Gran Bretaña había experimentado al intentar gobernar Irak tras la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, el tercer y tal vez más grave yerro por un fallo de omisión fue una falta de conocimiento de sí mismos. Dando por sentado que EE.UU. gozaba de una posición de supremacía total (concepto que incluye el control total sobre países ocupados) y, en consecuencia, se hallaba en condiciones de actuar a placer en Irak, no supieron apreciar los notablemente enraizados tres puntos flacos estadounidenses.
Ante todo, EE.UU. padece un déficit económico crónico que motiva su creciente dependencia de capital extranjero y le hace andar mal de recursos a la hora de promover la construcción democrática de un país o la reconstrucción política de un Estado desmoronado y roto.
En segundo lugar, EE.UU. padece asimismo un déficit crónico de tropa, lo que significa que no puede mantener suficientes efectivos para garantizar la ley y el orden en territorio ocupado. Y, en tercer lugar, EE.UU. ha padecido un déficit crónico de atención por la sencilla razón de que, tras un par de años de sufrir bajas aún no excesivas, lo cierto es que se ha enfriado el entusiasmo de los estadounidenses por guerras en puntos distantes del planeta.
Existe, sin embargo, un cuarto déficit que he olvidado mencionar y es el déficit crónico de legitimidad que aqueja actualmente a EE.UU. Las conclusiones más recientes del Pew Global Attitudes Survey —compendio de sondeos de opinión internacionales— revela el grado de caída libre de EE.UU., a ojos de otros países, a lo largo de los últimos seis años.
Pese a todo ello, la conclusión lógica no es que EE.UU. deba volver a casa y sonreír, como decía una canción de George Henry Powell (1880-1951). Porque, ¿cuál es la alternativa viable a la hegemonía norteamericana: benevolencia o yerro? Así las cosas, Fukuyama deposita sus esperanzas en un nuevo multilateralismo, tratando de insuflar aliento vital en el cadáver de la ONU y organismos afines en tanto que los franceses fantasean pensando que Europa debería actuar como contrapeso de la potencia estadounidense.
Ya le debe resultar todo un mal chiste a la actual Administración Bush el confiado augurio que en su oportunidad hizo el cuestionado Ahmed Chalabi –líder de un grupo de iraquíes exiliados en Londres y con estrechos contactos con los neoconservadores en Washington–, al prever que las tropas estadounidenses serían recibidas en Irak con “flores y dulces”.
Tras los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, los neoconservadores personificaron su objetivo en Saddam como un modo de iniciar una completa transformación del mundo árabe hacia los “valores occidentales” y los intereses geoestratégicos de Washington. Y, por otro lado, conciliar las ambiciones territoriales de Israel.
Entre los prominentes funcionarios adherentes a esta corriente al interior de los “halcones” parapetados en Washington, además de Rumsfeld y Perle, destacan Paul Wolfowitz, mano derecha del secretario de Defensa; el ex director de la CIA James Woolsey y el académico de la Universidad Johns Hopkins Eliot Cohen, quien ha resaltado como el “mentor” militar al identificar la “guerra contra el terrorismo” como la IV Guerra Mundial, situando la Guerra Fría como la III Guerra Mundial.
Las ideas “moralistas” neoconservadoras:
Los neoconservadores preocupados por las manifestaciones culturales llevadas a cabo por el modernismo se plantean la pregunta acerca de cómo es posible que surjan normas en la sociedad que limiten el libertinaje, el hedonismo y que restablezcan "la ética de la disciplina y el trabajo". Para Daniel Bell la solución estaría dada por un renacimiento religioso que restablezca los valores tradicionales del esfuerzo y el orden social.
Mientras que, para los neoconservadores, las normas a rescatar están guiadas por una racionalidad económica y administrativa; para Habermas "Las tareas de transmitir una tradición cultural, de la integración social y de la socialización requieren la adhesión a lo que denomino racionalidad comunicativa".
En definitiva los neoconservadores ven en las dificultades que aparecen en la cultura moderna, la necesidad de arribar a una posmodernidad o tirar por la borda la misma modernidad.
Las principales tesis que defienden los neoconservadores son: que la ciencia queda excenta de sentido para la orientación de masas; la política debe mantenerse alejada de la justificación moral o práctica y, que la pura inmanencia del arte pone en tela de juicio que tenga un contenido utópico.
En síntesis, en el horizonte neoconservador, la esfera ética queda separada de la actividad científica y del desempeño político; lo que deja imposibilitado al campo de la razón práctica de llevar a cabo ninguna evaluación en términos ético-políticos de las actividades científico-técnicas.
La crisis petrolera post-Irak:
A pesar de que los medios mundiales hacen esfuerzos titánicos por ocultar o suavizar la realidad, lo cierto es que ha llegado una dura época de precios petroleros más altos de lo que muchos quisieran en el contexto de una economía marcada por la insuperable debilidad del dólar y la amenaza de una severísima crisis financiera.
Una serie de factores combinados (demanda creciente de China y la India, incertidumbre de los inventarios, especulación, estrategia firme de la OPEP, alarmantes atentados petroleros en Arabia Saudita, pero sobre todo la debacle iraquí) definen en efecto la situación del mercado petrolero. A pesar de que los medios intentan ayudar poniendo buena cara al mal tiempo, el doble déficit estadounidense –fiscal y comercial- prosigue su marcha inexorable, las tasas de interés siguen pujando por subir, la burbuja hipotecaria continúa a punto de estallar y los empleos no aparecen sino en China y la India.
La derrota de los neoconservadores y su proyecto unilateral
El orden político mundial se ha desmoronado también en forma peligrosa, y con él la credibilidad de Bush y su gobierno, aun dentro de los mismos Estados Unidos. En efecto, Bush ha destrozado las normas hasta ahora aceptadas de convivencia atlántica y no ha podido implantar un nuevo orden. Sin mucho sentido de la historia ni responsabilidad por la deuda, por el doble déficit, por las burbujas financieras, como tampoco por los sacrificios humanos en Iraq, los círculos dirigentes de Estados Unidos parecen estar sumidos en un gran desconcierto, y ya en muchos de ellos -más allá de la tradicional disidencia visible entre facciones- se condena abierta e inusualmente a Bush y a los “poderes tras el trono”, y “esa extraña camarilla de fanáticos”: los influyentes neoconservadores, encabezados por Donald Rumsfeld.
Por su parte, Pat Buchanan considera alarmante que el casi medio millón de soldados estadounidenses presentes en cien países se encuentren tan "sobrextendidos", vale decir, tan dispersos. Bush y sus neocons planean por cierto sumar a este contingente varias decenas de miles de mercenarios de muchos países a ser entrenados por “contratistas” privados.
IRÁN: Peligroso unilateralismo
Luego que la reunión de los Seis (los miembros del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas [ONU], Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China más Alemania) terminara en Moscú sin ningún acuerdo sobre la situación en Irán, las posibilidades de emprender medidas unilaterales han aflorado en Washington.
Los principales centros tanks neocons, propugnan una salida militar, aun en solitario, de EU, antes de que la teocracia de los mulás desarrolle armas atómicas.
Para el experto en islamismo y ex agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Reuel Marc Gerecht, del neoconservador American Enterprise Institute, con sede en Washington, un Irán con arsenal nuclear sería una amenaza para la seguridad mundial, sobre todo por sus líderes y sus mesiánicas esperanzas de exterminar al "Gran satán (EU)", además de su odio visceral contra Israel y Occidente. La solución a esta amenaza, en la cual está en juego "la supervivencia de la humanidad", es un bombardeo a las instalaciones atómicas iraníes, que destruya sus posibilidades de desarrollar armamento atómico o que las retrase por años.
Una nueva ola antiestadounidense en el mundo árabe, de solidaridad mundial con un Irán bombardeado, incluso la ira de muchos aliados europeos, Rusia o China, ante "un ataque preventivo" estadounidense es algo "transitorio y secundario". Reuel Marc Gerecht, quien se desempeñó como agente encubierto en la región, duda de la capacidad de Irán de movilizar a miles de terroristas contra EU, pero "dado el caso, de que Irán y sus terroristas golpeen dolorosamente a EU, entonces se debe de recurrir a lo impensable: una invasión masiva de tropas de Estados Unidos a Irán".
Las voces neoconservadoras se han radicalizado, al punto que exigen la renuncia de "uno de los suyos", el secretario de Defensa Donald Rumsfeld. Ello debido a que el equipo de Bush y el Pentágono, al contrario que en los prolegómenos de la intervención en Irak, están buscando una salida diplomática y consensuada al conflicto con la comunidad internacional.
La Casa Blanca sabe que los ciudadanos estadounidenses están cansados de la guerra y una invasión o bombardeo a un Irán mejor armado que el debilitado régimen de Sadam Husein sería impopular. Planes sobre estas variantes los hay. Cada semana, George W. Bush o Condoleezza Rice los recuerdan al afirmar que "todas las opciones están abiertas en Irán", sin embargo el mismo Reuel Marc Gerecht se queja de que, hoy por hoy, concretizar este tema es "algo indeseable" tanto en el Pentágono como en el Departamento de Estado que dirige Rice.
Hasta qué punto los neocons están presionando con sus todopoderosos lobbys hacia una salida intervencionista lo ilustra el número de esta semana de la más importante revista neoconservadora, The Weekly Standard, llena de argumentaciones ideológicas para justificar una intervención armada de EU en Irán. Su director, William Kristol, advierte del peligro de una política de quietud y apatía, Appeasement, que con su inactividad conduzca a una catástrofe similar a la que sucedió en la Alemania pre-nazi y que llevó a Hitler al poder.
Según este ideólogo neocon, los europeos están siguiendo la política del avestruz al enterrar la cabeza en la arena y no enfrentar el problema que para ellos representaría una potencia atómica como Irán; EU sólo ha practicado hasta el momento con Irán la política de la zanahoria, es necesario recurrir a la del garrote, a la política de las cañoneras, para ser oídos y tomados en cuenta.
William Kristol aconseja al Pentágono un inmediato refuerzo de las tropas estadounidenses en la región e iniciar preparativos para un golpe militar a las instalaciones nucleares iraníes, que deberá ser lo suficientemente demoledor para que obligue a los líderes iraníes a buscar el camino de la diplomacia y la paz.
El teórico neoconservador, publicista y premio Pulitzer, Charles Krauthammer escribe en la revista Time que, "si fracasamos en detener a estos fanáticos apocalípticos para que se hagan con la bomba atómica, entonces no habrá más retorno al pasado".
Las exigencias intervencionistas neocons se han multiplicado en las últimas semanas. Para la opinión pública europea, un ataque preventivo no lograría destruir todas las instalaciones atómicas iraníes, desplegadas a lo largo y ancho del país, y se abriría un escenario de invasión militar y terrorismo internacional de imprevisibles consecuencias en la región, Europa y EU.
Frente al unilateralismo de los neoconservadores estadounidenses, en Europa hay consenso de que la única solución al conflicto iraní pasa por las mesas de negociaciones de la ONU y la comunidad internacional.
¿O NO?